Si
las
paredes hablaran...
....Si
estos testigos mudos de nuestra existencia pudieran hablar,
¿qué nos
contarían sobre amores y desamores, sobre ilusiones y
desilusiones,
sobre aventuras y desaventuras, sobre felicidad y
desesperación?
Pero no, no lo hacen. Soportan con estóico silencio las
voluntades del hombre; desde las pinturas rupestres hasta los
graffitis en nuestras calles; desde los murales puramente decorativos,
hasta los reivindicativos y propagandísticos; desde el papel
pintado y el gotelé, hasta los azulejos de diez por diez,
ahí está el muro, está la pared,
aguantando lo que
le echen.
Las quitamos, los ponemos, como más nos conviene. Separan el
exterior del interior, lo público de lo privado, esconden,
protejen. Son límites para la libertad de movimiento y de
visión, y campo de juego para la libertad de
expresión.
Antaño, los tapices se tejían para cubrir muros y
paredes, para dar a las estancias un aspecto más acogedor,
para
proporcionar mejor acústica y solucionar problemas de
climatización. Y se tejían tapices, porque siendo
una
especie de mural portátil, se podían llevar a
donde
hiciera
falta, sin grandes complicaciones.
Ellos sí hablan, algunos de guerras, otros de amores;
cuentan
acontecimientos históricos o episódios
bíblicos,
servían para rendir tributo a la vanidad terrenal de
quiénes los
encargaron, o a su devoción.
Hoy en día, los tapices pueden, pero ya no tienen que
cumplir
estas funciones prácticas. Quedan libres para buscar su
razón de ser. Es cierto, la mayoría sigue
teniendo como
soporte algún muro o alguna pared, y
¿qué
sería si se despegaran?, ¿si ellos
mismos se
convertieran en paredes, paredes textiles? En medio del espacio, sin
más y, sobre todo, sin nada que tapar, sin nada que
esconder....
Mostrando sus dos caras, la buena, pensada para el público,
y la
otra, la que en un principio está reservada
exclusivamente
para el ojo de su creador.
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