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Recuerdo
la primera vez que estuve enfrente de algunas obras de Andrea
Milde, me quedé sorprendido y hasta estúpidamente
hipnotizado en aquella
pequeña sala de exposiciones de la Puerta de Toledo:
“es una artista que teje
gobelinos mirando a Beuys”. Cuando este pensamiento expresado
en voz baja llegó
a oídos de Andrea sé que le sorprendió
y me llamó en varias ocasiones para que
le explicara mi razón teórica sobre aquella
comparación. Lo cierto es que los
tapices pictóricos de Andrea produjeron en mi
ánimo un encuentro especialmente
grato con una obra y con una técnica que llenaron muchas
tardes de fábula en
mis ya lejanas visitas a la Real Fábrica
de Tapices.
Siempre
creí que el tapiz pictórico
tenía mucho que ver con el viejo continente, con su cultura
y con esta
fascinante forma de medir y concebir el paso del tiempo que tenemos en
Europa y
que difiere lo suficiente del concepto urgente que se observa en los
estados de
América del Norte. La figura del artista del tapiz
jamás la asocié con la del
artesano pero sí con la de otra figura, ya desaparecida
desde hace algún
tiempo, hace algunos siglos: la del amanuense. Escribir con la
arriesgada y
caprichosa voluntad del hilo, tejer y construir bajo la atenta
colaboración del
tiempo, crecer bajo la amenaza y la presión del alto coste
del error, urdir un
proyecto a través de un arte específicamente
solidario y necesariamente
generoso.
Expresarse
-como lo hace Andrea- a través del algodón y del
hilo va a
contracorriente de los tiempos que cercan ya el tercer milenio, en un
hermoso
duelo contra el tiempo: recordemos que la tecnología de hoy
permite a los
genios del universo cibernético el error en el trazo, en el
dibujo, en el color
o en la transparencia. Lo que es
pura anécdota en los territorios de
las vanguardias artísticas de hoy se convierte en batalla
crucial en el tapiz
que tiene depositados sus sueños -como en la obra de Andrea-
en seguir
enganchado a una atmósfera empapada de Andy Warhol, Robert
Rauschenberg, Wolf
Vostell y Fernand Léger.
Mi
emoción se tradujo en certeza al ir siguiendo con
curiosidad la obra nueva que iba concretando esta joven artista alemana
que
tiene sus ojos y sus poros radicalmente abiertos para dejar que su obra
-estricta en su desarrollo y elaboración- sea la
impresión y la expresión de lo
que ve. El lenguaje de Andrea Milde es tan fértil como
variado, luminoso y
tremendamente libre: la composición de sus motivos nada
tiene que ver con la
casualidad y todo se ajusta a una intencionalidad superior y la calidad
de los
hilos y el objetivo de su urdimbre expresa una escala de valores que
logra no
sólo eficacia si no un argumento sólido que
convierte a la pared en un muro
abierto y lleno de comunicación y es eso lo que me
recordó a Joseph Beuys y es
-precisamente- lo que aleja a la obra de Andrea del tapiz tradicional.
Es una
obra donde la creación está al servicio de una
idea que esta artista desea
mostrarnos. Y lo hace con filtros exclusivamente posibles bajo una
formación o
concepción de arte pictórico: la
búsqueda de una técnica que en sí
misma sirva
de metáfora de su pensamiento, la influencia de una escuela
que ama y respeta y
con el poso que su apasionada y fugaz influencia española le
deja.
El
empeño de
Andrea es duro, arduo y tremendamente solitario: no esculpe piedra o
madera, no
pinta sobre lienzo o cartones y no hace “clic”
sobre ningún ratón. Andrea Milde
escribe entre hilos -a veces durante largas e interminables noches-
para cubrir
una pared -posiblemente, de azul.
Javier
Tolentino
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